Una vez se detuvo el tiempo, y yo me detuve en él. Fue en un bar. Un pequeñísimo bar en Copacabana, llamado “Bip Bip”. Su dueño, Alfredo, no hace de dueño, sino de anfitrión. La cosa es sencilla (tanto que parece difícil): entrás, vas a la barra, agarrás un chop, sacás una cerveza de la heladera y le gritás a Alfredo tu nombre, que agrega a mano en un modesto cuaderno de tapa blanda. Ahí anota lo que vas consumiendo. Adentro el bar es muy chico (hay apenas cuatro o cinco mesitas), por eso los invitados nos sentamos afuera, en las sillas que hay sobre la vereda. Desde allí observamos a los cinco o seis privilegiados que ocupan las mesas de adentro. Hay un código implícito, algo que está en el aire y no está escrito en ningún lado, pero que todos saben y comparten. La clave es sentarse a tomar un trago, encender un cigarro y esperar el momento. Entonces “los de adentro” sacan sus instrumentos y empieza la función. Guitarras, saxos, bongoes, flautas traversas y clarinetes aparecen como si nada. Las canciones se suceden unas a otras, improvisándose, improvisándonos. Una brisa de mar ambienta la noche. La música nos suspende. Melodías desenchufadas inundan nuestros oídos. Jazz, swing, bossa nova, chansón…, todo cabe en una fracción de tiempo ausente, perdido. La noche va tomando color (y calor). De vez en cuando Alfredo interrumpe la música y brinda un discurso a los jóvenes. Una clase de vida, pasión y romanticismo. A veces grita, gruñe o vocifera (o todo a la vez) porque algún desprevenido pide la cuenta o pregunta por el mozo. Es que en Bip Bip no hay mozos ni cuentas, solo confianza. Es y no es un bar. Es y no es una jam. No sabemos lo que es, pero se siente, se vibra, se percibe. Es un lugar raro, distinto. Un sitio en donde el tiempo parece frenar.
Entonces no se detuvo: yo me detuve en él.



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