Cuando era chico, muy chico, esperaba con ansias cada
domingo, porque nos venías a buscar y nos llevabas a El Palomar. Íbamos a la
Plaza del Avión, poníamos las monedas en las vías y esperábamos a que pasara el
tren. La gracia era encontrarlas chatas, perdidas entre los rieles, sin cara ni
ceca. También te esperábamos los tres (con Nico y Sol) los viernes por la
noche, porque sabíamos que nos ibas a agarrar a todos con un fuerte abrazo y
juntos haríamos la "pelota de nietos". Y la gracia era desparramarnos
por el suelo o la cama, solamente jugar y reír, sin pensar en nada más que eso,
en ser una pelota de nietos. Después crecí
y necesité trabajar. Y ahí estabas de nuevo, ofreciéndome el primer
empleo y ayudándome a progresar. De grande ya empezamos a hablar de la vida, de
los amores, las experiencias, los amigos y otras yerbas, siempre los viernes al
mediodía, en el living de tu casa, comiendo y compartiendo un rico vino, o una
fresca cerveza. Y así se nos pasó el tiempo, casi sin darnos cuenta. Pero no perdimos
la costumbre, seguimos compartiendo charlas, aunque cada vez con menos palabras
y más gestos cómplices. El sábado cumpliste 100 años. Sí, un siglo. Y cuando te
pregunto qué se siente, me respondés con una mirada. Una mirada que lo dice
todo, que me hace entender que ya no importan el dinero, la política ni las
tristes noticias del mundo, porque a esa edad ya no hay tiempo ni miedo,
límites ni fronteras. Solo hay recuerdos aislados. Y la gracia es saber que la
vida es una pelota de nietos, una cena en familia, una reunión con amigos, un
amor turbulento, una moneda perdida en las vías del Palomar, sin rumbo ni
dueño. Sin cara ni ceca.
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